Nunca me han gustado las autobiografías o autorretratos, lo
siento como egocéntrico –si es que uno no lo es ya- o redundante. En relación
que lo que uno hace siempre tiene una parte de uno mismo, una parte intima que
me camufla entre los retazos de palabras, en el trazo de un dibujo. Hablar de
uno mismo es aburridor, es más interesante si se encuentra escondido en un personaje
de ficción o en un lunar mal formado que ocultamos. Esa visión superior, o
inferior en el caso de los menos afortunados, de nosotros mismos. Esa
idealización de nuestro ser o el ser que queremos llegar a ser y mostrar al
mundo, nos proyectamos como queremos que otros nos miren, algo de lo que nos
habla Zuleta antes del a creación digital, de esa visión que tenemos de nostros
y deseamos proyectar, una imagen quizás ideal o anhelada.
¿Seremos seres en extremo vanidosos? Actuamos con
misericordia cuando hablamos de los logros, resaltar tal vez los errores es
necesario, mostrar que somos humanos, y luego sonreír cordialmente cuando
admiran ciertas habilidades. Nosotros
controlamos esa imagen, proyectamos lo que queremos que miren los otros –no digo
que actuemos todo el tiempo, en ciertas ocasiones, con personas que se ganan el
espacio, nos mostramos sin tapujos- pero hay siempre un cierto control, sobre cómo
actuar, que decir, cómo decirlo y así creamos una imagen.
Por su parte Slavoj Zizek,
nos habla de la mirada y de la imagen. Siendo la mirada interna una
idealización como integralidad de la imagen que conforma nuestro yo. Esta
mirada vista desde un extremo como algo patológico. La visión de un yo
perfecto, sin errores y el control que este necesita para serlo.
No somos seres inocentes, no en su mayoría. Controlamos las
cosas, sabemos que imagen proyectar y cómo hacerlo. Como otras veces, no
planeamos las cosas y resultan mejor de lo planeado.
